🔵 Oaxaca continúa encabezando indicadores de pobreza, rezago educativo y marginación

🔵 ¿Qué ha ganado realmente la entidad después de décadas de presión sindical?

ROTATIVO/Redacción

Durante años, Oaxaca ha vivido atrapada en un ciclo repetitivo de marchas, bloqueos, plantones y paros magisteriales que lejos de construir soluciones, han terminado por profundizar el atraso social, económico y educativo del estado. La narrativa de la “lucha social” se ha desgastado frente a una realidad que golpea todos los días a millones de ciudadanos que ya no encuentran sentido ni beneficio alguno en las acciones de la Sección 22.


Porque la pregunta es simple y brutal: ¿qué ha ganado realmente Oaxaca después de décadas de presión sindical?
Los comerciantes pierden ventas cada vez que el Centro Histórico queda secuestrado por campamentos y barricadas. El turismo —principal motor económico de miles de familias— se desploma cuando las carreteras son tomadas y la imagen del estado queda asociada al caos y la confrontación. Los trabajadores llegan tarde o simplemente no llegan. Los estudiantes pasan semanas o meses sin clases. Y mientras tanto, Oaxaca continúa encabezando indicadores de pobreza, rezago educativo y marginación.


El discurso sindical insiste en hablar “por el pueblo”, pero el pueblo lleva años pagando la factura.
Resulta imposible ignorar que la Sección 22 se convirtió desde hace mucho tiempo en un actor político con enorme capacidad de presión, pero con escasos resultados tangibles para la sociedad. La educación pública oaxaqueña no mejoró. Los niveles académicos no despegaron. Las comunidades indígenas siguen abandonadas. Miles de jóvenes continúan migrando porque aquí no encuentran oportunidades.

Entonces surge la duda legítima: ¿la lucha realmente ha sido por Oaxaca o por conservar privilegios, cuotas de poder y control político?

La protesta social es un derecho. Nadie puede negarlo. Pero cuando una causa pierde conexión con la ciudadanía y termina afectando precisamente a quienes dice defender, deja de ser una lucha legítima para convertirse en un mecanismo de chantaje permanente.

Y el hartazgo social ya se siente.

Cada bloqueo genera más irritación. Cada paro indefinido provoca más enojo. Cada amenaza radicaliza a una población cansada de ser rehén de intereses sindicales.

Oaxaca vive secuestrada entre gobiernos débiles que negocian todo y grupos que entendieron que la presión callejera siempre obtiene recompensa.
Lo más grave es que la niñez oaxaqueña ha sido la gran víctima silenciosa. Generaciones enteras crecieron viendo escuelas cerradas, calendarios rotos y maestros más presentes en marchas que en aulas.

Mientras otros estados avanzan en tecnología, idiomas y competitividad, Oaxaca sigue atrapado en disputas ideológicas de hace décadas.
Y sí, hay maestros comprometidos, preparados y responsables que sí cumplen con su labor y sostienen el sistema educativo pese al desgaste sindical. Pero también existe una dirigencia radical que convirtió la movilización en forma de vida y la confrontación en método político.

Hoy, más que nunca, Oaxaca necesita educación, productividad, estabilidad y legalidad. Necesita maestros enseñando, no líderes incendiando. Necesita diálogo, no imposición. Necesita recuperar el derecho de millones de ciudadanos a vivir, trabajar y circular sin ser castigados por conflictos ajenos.

Porque si después de tantos años de “lucha”, el pueblo sigue más pobre, más atrasado y más dividido, entonces quizá llegó el momento de aceptar una verdad incómoda: la Sección 22 dejó de ser parte de la solución y se convirtió en parte central del problema.