
🔵 El pueblo comienza a cobrar factura a una gestión mediocre, soberbia y profundamente decepcionante
ROTATIVO/Redacción
Es inocultable el alarmante fracaso político y administrativo de Raymundo Chagoya. Las recientes mediciones ciudadanas no hacen más que confirmar lo que miles de capitalinos padecen todos los días en las calles: el hartazgo frente a un gobierno municipal marcado por la demagogia, el embuste, el nepotismo, los privilegios y una arrogancia que ya resulta insultante.
Oaxaca de Juárez le quedó grande, muy grande, el aprendiz de grillo. El edil prefirió construir escenarios de propaganda y simulación, antes que asumir con seriedad el enorme compromiso de gobernar una de las capitales más complejas del país.

Mientras la ciudad se hunde entre baches, basura, inseguridad y abandono, el presidente municipal parece más ocupado en proteger intereses personales y familiares que en resolver los problemas reales de la gente.
La lista de pendientes de su administración es interminable. La inseguridad crece y los ciudadanos viven con miedo; los servicios básicos presentan deficiencias alarmantes; las calles lucen destruidas; la basura continúa siendo una vergüenza pública; y el desorden urbano se ha convertido en el sello de un gobierno incapaz, rebasado y sin rumbo.
Oaxaca de Juárez hoy es reflejo de una administración ausente, fría e indolente.
Lo más grave para el edil no es únicamente el fracaso operativo de su gobierno, sino el derrumbe de su narrativa política.
La ciudadanía ya no le cree. El discurso vacío, las promesas recicladas y la pose de “nuevo político” terminaron por desplomarse frente a una realidad contundente: no pudo, no supo o simplemente no quiso gobernar.
Por eso el rechazo social hacia su eventual intento de reelección crece de manera acelerada. El pueblo comienza a cobrar factura a una gestión mediocre, soberbia y profundamente decepcionante. La molestia ciudadana no nació de la casualidad; es un sentimiento ganado a pulso por un gobierno que desperdició tiempo, confianza y oportunidades.
Hoy, en los pasillos del poder, la cúpula lo ignora; en las calles, el pueblo lo repudia. Y en política, cuando se pierde al pueblo y se pierde el respaldo de arriba, lo único que queda es el inevitable desgaste de quien confundió gobernar con administrar privilegios.
